Mamá me llamó por mi nombre completo para que bajase a desayunar, había hecho tortitas con mucha mantequilla y sirope, como a mi me gustaban. Desayuné a toda velocidad, mientras mamá y yo escuchábamos en silencio las noticias en la radio. Al acabar el desayuno le di un beso en la mejilla y me fui a la parada del bus. Era el último día de instituto, ese año nos graduábamos. Los chicos blancos irían a las universidades y nosotros chicos y chicas negros comenzaríamos a trabajar. Se decía que aquí en los estados del sur las condiciones de los negros eran las peores, que en los estados del norte los chicos negros también iban a la universidad y conseguían trabajos iguales que los de los blancos, pero no conocía a nadie que hubiese estado fuera del estado de Alabama.
Al sentarme en la parte trasera del autobús recordé el revuelo que se había formado en nuestro pueblo después de que hace unos meses una mujer de raza negra, Rosa Parks, se negase a ceder el asiento a un hombre blanco en el autobús público de Montgomery, la capital. Había sido ya en diciembre del año pasado y desde entonces la tensión entre blancos y negros era cada vez mayor. Todos escuchábamos con esperanza las palabras de Martin Luther King, deseando como él que la igualdad llegase, que tuviésemos derechos, que blancos y negros pudiésemos mirar al futuro como iguales.
Al salir del instituto nos quedamos algunos chicos hablando sobre lo que haríamos el mes de junio. La mayoría de nuestros padres se habían puesto de acuerdo y habían decidido dejarnos el mes de junio libre, antes de empezar a trabajar. Nos considerábamos afortunados por tener vacaciones hasta fin de mes y también por haber acabado el instituto. Durante los últimos tres años de instituto muchos de nuestros compañeros habían tenido que dejar los estudios y ponerse a trabajar para ayudar económicamente a su familia. Las chicas solían trabajar en hogares de familias blancas y los chicos en fabricas, talleres y en la construcción.
Esa noche Tyler vino a recogerme a casa para llevarme al baile, no era necesario ir con pareja, pero él me lo había pedido y yo dije que si. El baile lo habíamos organizado para nosotros porque no nos dejaban compartirlo con los chicos blancos. El reverendo Christopher Reeves nos había dejado la iglesia para poder preparar allí el baile. Alison Thompson mi mejor amiga y mejor voz del instituto era la encargada de poner música al baile junto con el grupo Ryan Lewis. En la entrada del edificio había un cartel que decía “feliz verano del 56” y grupos de chicos y chicas entraban y salían alegremente. Dentro Alison cantaba su repertorio favorito de canciones de soul y su voz sonaba intensa a lo largo de toda la iglesia. Tyler y yo bailábamos y hubiese estado así, solo bailando con él, el resto de las vacaciones. Entonces giró la cabeza y asintió levemente a Alison, que empezó a cantar “Be Mine” de Etta James, mi cantante favorita. Se apoyó sobre una rodilla y del bolsillo interior de su chaqueta sacó una pequeña caja cuadrada de piel. Todo el mundo estaba mirándonos cuando abrió la pequeña caja y el anillo de su interior se dejo ver mientras que pronunciaba las más bellas palabras que una mujer puede esperar. Y allí estábamos Tyler y yo delante de todos nuestros compañeros comprometiéndonos a pasar el resto de nuestras vidas juntos con tan solo dieciocho años él y diecisiete yo.
El mes de junio llegaba a su fin, Tyler y yo pasábamos los días juntos deseando que nunca se acabase ese mes y esperando la fecha de nuestra boda. Nos casaría el reverendo Christopher en septiembre, en la iglesia del pueblo, la misma en la que me había pedido Tyler que me casase con él. Y entonces cuando lo tenía todo, lo perdí.
Nathan Pierce, un chico blanco que se había graduado a la vez que nosotros, conducía su flamante Mercedes-Benz nuevo. Era color azul eléctrico, descapotable, uno de esos coches que impresionan y por los que giras la cabeza en la calle. Allí estaba yo cruzando la calle descuidada y él conduciendo sin mirar la carretera. Las ruedas de su coche chirriaron fuertemente y lo siguiente que se escucho fue el sonido del golpe seco de mi cabeza contra el suelo.
La mañana del lunes 25 de junio de 1956 perdí mi vida, a mamá, a Alison y a Tyler y ellos me perdieron a mí. El miércoles 27 fue la ceremonia de mi funeral, fue en la misma iglesia en la que me había comprometido y en la que debería haberme casado. Nathan Pierce fue a presentar sus respetos a mamá, era el único blanco en la iglesia y en los alrededores. La verdad es que nunca hubiese imaginado que a mi entierro se dignase a ir ningún blanco.
Al acabar la ceremonia Tyler se despidió de sus padres y de mamá, se monto es su viejo coche y nadie en el pueblo volvió a saber de él. Dedicó el resto de su vida a viajar alrededor del mundo, cómo un nómada, se quedaba en un sitio hasta que conseguía dinero suficiente para ir a otro lugar distinto, huyendo de la realidad, de las responsabilidades y de los sentimientos.
Alison Thompson y Ryan Lewis se casaron dos años después de mi muerte. Tuvieron tres hijos y dedicaron su vida a criarlos y a luchar por sus derechos. Siguieron a Martin Luther King en su lucha por la igualdad hasta su asesinato en Memphis, Tennessee el 4 de abril de 1968, tras esta fecha se establecieron el la ciudad de Nueva York.
Mamá se quedo en el pueblo, trabajando para la misma familia. Una noche de noviembre de 1971 se acostó en la cama, cerró los ojos y nunca los volvió a abrir.
Tal vez, si ese coche no hubiese chocado conmigo, hubiese tenido hijos y un matrimonio feliz con Tyler, hubiese dedicado mi vida a servir en una casa de blancos y mi vida hubiese llegado a su fin cuando mi cabello fuese blanco y las facciones de mi cara estuviesen ocultas bajo arrugas, pero entones mis memorias serian iguales que las de miles de mujeres de raza negra que vivieron durante los años anteriores y los siguientes a mi vida, los años del soul.
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